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John Le Carré, el enemigo agazapado

john-le-carre_1410289c-1Desde la publicación de “El espía que surgió del frío” en 1963, el nombre de John Le Carré ha figurado en el primer lugar de los autores de novela de espionaje y seguramente también en uno de los primeros lugares de los escritores en lengua inglesa. No es que anteriormente no exitieran esos autores, sí los había, evidentemente, pero la llegada de Le Carré a la literatura supuso un revulsivo en una especialidad que, hay que reconocerlo, ha tenido siempre una presencia destacada en el mundo anglosajón, especialmente en el Reino Unido. Le Carré, aparte de adentrarse en el mundo atractivo, duro y actual (en su época) de la guerra fría, tuvo la virtud de personalizar al agente secreto hasta hacerlo totalmente identificable con los auténticos agentes. Sin desdeñar a Maughan o a Graham Green, Le Carré consigue crear personajes reales, de carne y hueso, Magnus J. Pym, Leamas, Karla, Smiley o Peter Gillam llaman a nuestra puerta como personaes reales, más reales que muchos de los agentes que han presumido y presumen de haber trabajado para los servicios secretos. Decía Markus Wolf que había más verdad en las novelas de Le Carré que en las memorias de Walter Schellenberg porque un agente de verdad, rara vez cuenta la verdad de su vida. Eso es algo, la vida del agente secreto, que queda para los novelistas. Le Carré, paradójicamente, resulta desde un principio de su carrera como escritor, un crítico del sistema, no exactamente del sistema capitalista que defendió como agente de Inteligencia, sino del sistema político en general, el entramado de poder idéntico en la Inglaterra monárquica que en la Rusia soviética. De ahí que un personaje como Magnus J. Pym, mi favorito, sea capaz de trabajar al mismo tiempo para dos amos aunque ello le lleve a una esquizofrenia irresoluble. Es cierto que Green en “El factor humano” lo hizo magistralmente, pero lo que a mi juicio hace superior a Le Carré es que éste mantiene esa profundidad psicológica a lo largo de toda su carrera como escritor y no deja de abrirnos el corazón y la mente de personajes como Jonathan Pine, Single o Isa, el hombre más buscado. Los autores españoles de espionaje lo tenemos muy difícil, pues nuestro enemigo en la sombra es ése, el mejor.

Sobre el origen del sida

CB KONGO.inddUna de las teorías sobre la aparición del virus VIH causante del sida, tuvo su origen en el estudio de un chimpancé hembra llamado Marilyn, parte de cuyo hígado estuvo guardado en un congelador en el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos desde 1963. El chimpancé se supone que había sido capturado en África Central, probablemente en el antiguo Congo Belga (el actual RDC). Fue en 1985, cuando ya el sida había aparecido en Estados Unidos de la forma virulenta conocida, cuando se analizaron los restos de Marilyn encontrando en su sangre anticuerpos del sida. Investigaciones posteriores hallaron un virus semejante al VIH, el VIS, en varias especies de monos, bonobos o chimpancés del África Central, especialmente del Congo. Rastreando los orígenes se encontró en 1959 un primer caso humano que respondía al cuadro del sida, en Leopoldville, la actual Kinshasa, un hombre que provenía del este del Congo, de la región de Garamba donde habían tenido lugar masivas vacunaciones contra la polio en los años cuarenta y cincuenta. A partir de ahí, una de las teorías afirma que los caldos de cultivo donde se preparaban las vacunas contra la polio eran confeccionados con vísceras de monos y que algunas de esas vísceras estaban infectadas por el VIS. De algún modo no demostrado, el virus mutó convirtiéndose en el VIH y afectando a los vacunados contra la polio y transmitiéndose después por la sangre, el semen y la saliva. La teoría nunca ha podido ser demostrada.

Espías y escritores

cni-sede-nicolasFernando Martínez Laínez.

 

Frente a quienes piensan que en España no se puede escribir sobre espías porque aquí lo único digno de espiar es la tortilla de patata, están los que pensamos que en este país las tareas de Inteligencia tienen una gran tradición, y es posible realizar aportaciones interesantes a un género literario ya muy consolidado en otros sitios, con características y reglas propias, y cuya temática es el espionaje en cualquiera de sus facetas. En parte por todo esto surgió la idea de crear un club, ahora llamado Máximo Secreto, que agrupase a unos cuantos escritores, periodistas y aficionados a las historias de espías, y sirviera de plataforma de divulgación, discusión y debate en torno a lo que se suele denominar «cultura de Inteligencia», que en rigor no es sino la dirigida a promover y divulgar en la sociedad el conocimiento sobre los servicios de Inteligencia.

Básicamente, la Inteligencia es información dirigida a un fin. No está limitada a la función de espiar y no es solo fruto del espionaje. Es un conocimiento ligado a la seguridad nacional, con el secreto como un elemento constitutivo fundamental, aunque no definitorio, que forma parte de un proceso, en el cual los espías aportan solo una parte (con frecuencia muy importante) del material requerido, consistente en recoger, procesar, analizar y diseminar información relevante para la seguridad de un país. Como es lógico, una actividad de tal importancia, tenía que proyectarse en el terreno literario, coincidiendo con el origen de los primeros servicios secretos profesionalizados que surgen en paralelo a la acción política de las grandes potencias. Así nacen las novelas y relatos de espías. En realidad, una variante del género negro-criminal aplicada a la política y seguridad del Estado. La moderna literatura sobre temas de espionaje (que no debe ser confundida con el thriller) nace en el siglo XIX, con autores como Fenimore Cooper, Rudyard Kipling, Erskine Childers y Joseph Conrad, y alcanza su edad dorada tras la Segunda Guerra Mundial, en el curso de la Guerra Fría, con nombres tan preclaros como Eric Ambler, Len Deighton, Graham Greene, Norman Mailer o John Le Carré, el maestro. El espionaje ha sabido amoldarse, como técnica vasalla del poder, a todos los cambios históricos, y supone una herramienta necesaria para cualquier Estado que no aspire a dejar de serlo. En el terreno de la ficción, el personaje del espía, además, ejerce una especie de fascinación y desafío novelesco, tanto en literatura como en el cine o la televisión, por las connotaciones de trasfondo secreto, «suspense», intriga y engaño que suscita su sola presencia en cualquier relato. Todo el mundo desea conocer secretos, cualquier secreto, aunque sean de ficción, sobre todo cuando la realidad y la ficción, como ocurre muchas veces, van entremezcladas.

En España, pese a disponer de un servicio de Inteligencia de primer orden en los siglos XVI y XVII, durante la época de nuestro mayor apogeo histórico, la narrativa dedicada al mundo de los espías no ha tenido hasta ahora demasiado éxito, aunque se han publicado ya bastantes obras que entran de lleno en el género, con autores destacados y con frecuencia poco conocidos del gran público. Aunque hay excepciones notables de dedicación a esta disciplina narrativa, que incluyen a muchos de los escritores que participan en este libro, en España nos hemos movido —al igual que ocurre en otros campos literarios— con un cierto complejo de inferioridad, imitando modelos ajenos (sobre todo del mundo anglosajón) antes que intentar reflejar con moldes y personajes propios el pasado histórico o la realidad que nos envuelve. Sobran temas, pero faltan oportunidades y medios para desarrollar un género que aporta muchas de las claves que explican las políticas (tanto nacionales como internacionales) del caótico mundo actual; las decisiones que disponen en secreto, y en ocasiones con engaño, la suerte de millones de personas.